Lecciones sobre el Alma Humana y Animal
Wilhelm M. Wundt

 

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Lección XXX

II. El Principio del Paralelismo Psicofísico

Además de esta primera pregunta, que nos ha llevado de la psicología a la filosofía, y a la parte más difícil e incierta de la filosofía, hay otras dos de importancia general a las que se nos puede exigir dar una respuesta final sobre la base de los hechos que hemos estado discutiendo. La primera es la de la relación de los procesos anímicos con los corporales; la segunda, la de la naturaleza del alma [mind], según puede inferirse de nuestra observación de la esfera total de la experiencia anímica. Nuestra única manera de dar una respuesta a cualquiera de las dos es, por supuesto, reunir los resultados de nuestras diferentes investigaciones.

Al comienzo de estas lecciones enfatizamos el hecho de que los fenómenos anímicos no podían ser referidos a los corporales como el efecto a la causa. Es una presuposición inevitable de las ciencias naturales que los procesos de la naturaleza constituyen un círculo estrechamente cerrado de movimientos de elementos invariables, gobernado por las leyes generales de la mecánica. Nada puede ser derivado jamás del movimiento excepto otro movimiento. En otras palabras, el círculo de estos procesos naturales que se presentan a nuestra observación objetiva nunca puede conducir a algo más allá de sí mismos. Reconociendo esto, reconocimos la necesidad de derivar cada proceso anímico de algún otro, el más complicado del más simple, y de preocuparnos como psicólogos por descubrir las leyes psíquicas de esta interconexión. Y en cada etapa del camino que hemos recorrido encontramos la confirmación de esta posición general. Cada caso comprobado de una conexión de los fenómenos anímicos se ha demostrado capaz de una interpretación psicológica; es más, hemos visto siempre que ningún otro método de interpretación puede iluminar el carácter específicamente psicológico del proceso bajo investigación. Así, la ley fundamental de la doctrina de la sensación, la ley de Weber, fue expuesta como una expresión matemática del principio de relatividad de los estados anímicos. Y diversos modos de la conexión ideacional en la percepción sensible y en las combinaciones temporales y espaciales de las imágenes mnémicas eran explicables por las leyes de asociación, las cuales, cuando eran analizadas en los dos procesos elementales de conexión por semejanza y conexión por contigüidad, aparecían como directamente dependientes de condiciones psicológicas. Además, las leyes de la apercepción, con sus corolarios de la composición y la desintegración de las ideas generales que están en la base de los procesos intelectuales, solamente son pasibles de interpretación psicológica. Finalmente, los sentimientos, con su clasificación, -una vez mas, sólo psicológicamente inteligible- como reacciones anímicas placenteras y displacenteras, y las excitaciones de la volición, ocuparon su lugar como términos en una serie de desarrollos, extendiéndose desde las formas de impulso más simples hasta las más complejas expresiones de la actividad autoiniciada, voluntaria. Es muy posible que no hayamos descubierto aún la formulación mejor y más simple para muchas de estas conexiones causales; y no puede dudarse que numerosas leyes importantes de la vida anímica esperan aun ser descubiertas. Pero ninguna de ellas admite alguna duda de que lo psíquico sólo puede explicarse adecuadamente a partir de lo psíquico, así como el movimiento sólo puede derivarse del movimiento, y nunca de un proceso anímico, de cualquier tipo.

Al mismo tiempo, sabemos que es una verdad de igual universalidad, que los procesos anímicos se hallan en conexión con determinados procesos físicos dentro del cuerpo, y sobre todo en el cerebro; hay una coordinación uniforme de ambos. ¿Cómo debemos concebir esta conexión, si, según hemos dicho que ocurría en este caso, no debe ser pensada como conexión de causa y efecto? La respuesta a esta pregunta se ha dado en detalle en este libro, en las páginas precedentes. La conexión sólo puede considerarse como un paralelismo de dos series causales que existen la una al lado de la otra, pero que nunca se interfieren entre sí directamente en virtud del carácter incomparable de sus términos. Dondequiera que nos hemos encontrado con este principio, lo hemos llamado paralelismo psicofísico. Su validez no puede ser puesta en duda ni siquiera por aquéllos que puedan ser de la opinión de que quizás pueda haber todavía algún puente metafísico que los lleve desde lo psíquico a lo físico, o viceversa. Incluso ellos deben admitir que esa es la expresión empírica más obvia que realmente llegamos a obtener de la conexión entre la serie corporal y la anímica de los procesos vitales. Pero la cuestión del grado de validez de este principio es un tema diferente. Requiere de mayor consideración, y sólo luego de ella seremos capaces de aventurar una conjetura en cuanto a si estamos frente a un principio fundamental de la metafísica dualista, más allá del cual no puede llegar nuestro conocimiento, o si los hechos psicofísicos que encontramos coordinados tienden de algún modo a justificar el esfuerzo filosófico por fundir estas dos series causales, paralelas e independientes, en una unidad metafísica más elevada.

La cuestión del grado de validez de este principio del paralelismo psicofísico puede ser abordada desde el lado físico o el anímico. Desde el primer punto de vista, nuestra experiencia directa del paralelismo nos dice, en términos suficientemente claros, que su alcance está sumamente limitado. De todos los procesos físicos que integran el curso del universo material, los fenómenos vitales constituyen solo una parte reducida y circunscripta; y entre los mismos fenómenos vitales hay, nuevamente, solo unos pocos en los cuales los procesos anímicos pueden ser percibidos o inferidos de la observación objetiva. Ésta es, indudablemente, una de las razones principales en las que se basa el enfoque materialista según el cual el mismo paralelismo psicofísico expresa una dependencia causal de lo anímico respecto de lo físico. Considerados en esencia como sistemas de procesos en la naturaleza, los físico son más extensos que los psíquicos; el alma [mind] está relacionada con ciertas conexiones definidas y ciertos atributos de la materia. Y por lo tanto parece una suposición obvia que las actividades anímicas son función de ciertas substancias altamente organizadas. Pero semejantes afirmaciones no reúnen los requisitos de una explicación verdaderamente causal. Es ciertamente inadmisible suponer que la existencia anímica irrumpió súbitamente en algún momento definido del desarrollo cronológico de la vida. Es mucho más justificable la hipótesis de que ese momento solo tiene la función de señalar de una manera general el umbral de una vida anímica más claramente consciente. Una sensación aislada, fuera de toda conexión con otras sensaciones o ideas, no podría hacérsenos conocida, sea subjetivamente u objetivamente, por ningún síntoma de conciencia. Pero ya que nuestro análisis de las ideas nos devuelve a las sensaciones, consideradas como sus elementos últimos, tenemos todo el derecho de suponer que la mentalidad primitiva era un estado de sentimientos y sensaciones simples; mientras que la posibilidad de que este estado acompañe todo proceso de movimiento material, -es decir, que el principio del paralelismo psicológico, incluso cuando es considerado del lado físico, sea de validez universal- si bien, como toda suposición primordial, es imposible de probar, ciertamente no puede ser rechazada. Al menos, parece mucho más probable que la hipótesis materialista de la función, si aceptamos el dicho 'Ex nihilo nihil fit.'(*).  Hay una teoría según la cual los comienzos de la vida anímica deben ser encontrados en el reino vegetal, y particularmente en los protozoarios, cuya vida representa las fases más tempranas de desarrollo de plantas y de animales; es cierto que es solo una teoría, pero es la única que puede explicar los fenómenos del movimiento que han exhibido estas criaturas primitivas.

Si, por otra parte, preferimos considerar el principio del paralelismo psicofísico desde el lado anímico, nuevamente nos encontramos con algunas dudas en cuanto al alcance de la conexión entre el alma y el cuerpo. La vieja psicología espiritualista era propensa, sobre todo, a restringirla a las percepciones sensibles y las acciones voluntarias externas -procesos cuya relación con las condiciones fisiológicas no podría ser ignorada-. Pero en los últimos tiempos ha surgido una tendencia, tanto en fisiología como en psicología, a considerar como justa y necesaria una extensión notable de la esfera psicofísica. Todo contenido consciente que posea atributos sensibles de cualquier tipo –es decir, que esté, en alguna medida, constituido por sensaciones, sin importar de cuan baja intensidad- debe ser reconocido al mismo tiempo como un contenido psíquico con un substrato físico. No hay, como ustedes saben, ninguna característica cierta según la cual distinguir el contenido sensible de una imagen mnémica o de la fantasía, de aquel de una percepción sensible. La característica ordinaria, aquella de la diferencia de intensidad entre las sensaciones, no suministra un criterio válido; porque la intensidad de una sensación periféricamente estimulada puede estar tan próxima al umbral de percepción como la de una imagen mnémica, mientras que la fuerza de esta última, cuando toma la forma de una alucinación o una ilusión, puede rivalizar con la de cualquier sensación externamente excitada. Además, puesto que, como hemos visto, la intensidad de la sensación se encuentra en una relación uniforme con la intensidad de la excitación física, no hay la menor razón para suponer que la diferencia entre la imagen-recuerdo y la percepción sensible consista, del lado fisiológico, en algo más que una diferencia en la intensidad de los procesos excitatorios subyacentes.

Pero si todos los procesos anímicos cuyos contenidos involucran la presencia de algún tipo de sensación pueden de este modo ser subsumidos dentro del principio del paralelismo psicofísico, resulta imposible hacer una excepción en favor de los procesos intelectuales. Todo concepto requiere de una idea que actúe como su símbolo en la conciencia; y una idea sin contenidos sensibles es un absurdo. Por consiguiente, el pensamiento conceptual deberá estar acompañado de un proceso excitatorio en ciertos centros sensoriales. Si el pensamiento está comprometido en la composición o análisis de conceptos, siempre se producirá una alteración en los contenidos de éstos, es decir, en los contenidos sensibles de sus ideas representativas. Correspondiendo a todo proceso de pensamiento deberá haber alguna excitación física, que dependerá de la variación de los elementos sensibles. Y podemos ir aun más lejos. La apercepción de una idea, el esfuerzo de prestar atención a una idea, siempre es acompañado por cambios en el contenido sensible de esa idea. Por mas definida que sea la distinción general entre la claridad u oscuridad de una idea, por un lado, y su fuerza o debilidad, por el otro, de todos modos ambas dependen igualmente de la mayor o menor perceptibilidad de sus atributos y sus componentes sensibles. De manera que si las sensaciones mismas están acompañadas por procesos físicos, las alteraciones en las ideas conectadas con alteraciones en algunas de sus sensaciones constitutivas también serán acompañadas por ellos. En el caso de la atención forzada debemos agregar a estas alteraciones las sensaciones musculares asociadas, que deben, por supuesto, seguir la regla que en general rige para la sensación. Y, finalmente, si la apercepción de ideas puede ser subsumida dentro del principio del paralelismo, debemos reconocer que su íntima relación con la volición no puede sino involucrar en el mismo destino a los impulsos internos de la voluntad. Toda volición implica por su parte una alteración en los contenidos ideacionales –es decir, también en los sensibles- de la conciencia. De manera que los procesos físicos que acompañan el movimiento voluntario externo son sólo una expresión más de una relación en la que la voluntad ha estado desde el principio.
 
 
III. La Vieja y la Nueva Frenología

Como consecuencia de todas estas consideraciones resulta, entonces, sumamente probable que ningún proceso anímico, que contenga algún tipo de elementos sensibles, pueda tener lugar sin que al mismo tiempo se pongan en marcha los procesos físicos correspondientes. La validez universal del principio del paralelismo psicofísico esta dada por la naturaleza sensible de los cimientos sobre los que se asienta toda nuestra vida anímica. No hay ningún concepto tan abstracto, ninguna noción tan alejada del mundo de los sentidos que no deba ser representada en el pensamiento por algún tipo de idea sensible. Pero, por esta misma razón, sería un error considerar a este paralelismo como si el mismo implicara una equivalencia de las dos series de procesos. Lo físico y lo psíquico son, como ustedes saben, absolutamente incomparables. Y difieren especialmente en este punto -que el criterio de valor, que es la última norma de referencia tanto para aquéllas de nuestras actividades conscientes que afectan el mundo externo, como así también, y en un grado aun mayor, para nuestra apreciación de los fenómenos de conciencia, es totalmente inaplicable a los procesos físicos, o, por lo menos, sólo puede aplicarse allí donde ellos puedan ser derivados de algún propósito anímico, es decir, subsumidos dentro del punto de vista psicológico. Cada proceso físico, considerado en sí mismo, es decir, examinado exclusivamente desde el punto de vista de las ciencias naturales, es un eslabón mas en la cadena continua de los procesos de movimiento, de tanto valor como cualquier otro eslabón . Una imagen mnémica puede atravesar rápidamente la conciencia como la reproducción fugaz de alguna experiencia pasada a la que somos completamente indiferentes; o bien puede servir como una idea sustituta para encarnar un concepto que exprese un resultado importante de la reflexión lógica. En ambos casos tendrá lugar, dentro del círculo de los procesos físicos, una excitación sensible igualmente débil, asociada, si ustedes quieren, con diversos movimientos antecedentes y consecuentes, pero que no ofrecen el más mínimo signo de la diferencia en el valor anímico correspondiente. Aun si pudiéramos ver cada engranaje dentro del mecanismo físico cuyo funcionamiento acompaña a los procesos anímicos, solo encontraríamos una cadena de movimientos que no presenta ninguna huella de su importancia para el alma. De manera que, no obstante la universalidad del principio del paralelismo, todo aquello que es susceptible de valor en nuestra vida anímica aun pertenece al lado psíquico. Y el hecho del paralelismo puede afectar tan poco ese valor como la necesidad de expresar una idea por una palabra o algún otro símbolo sensible -suponiendo que esta sea una propiedad permanente del pensamiento, o incluso el pensamiento todo-, afecta el valor de la propia idea. El valor de una obra de arte de belleza imperecedera no depende del material con el que está hecha. El material sólo llega a ser valioso porque es capaz de dar expresión a la concepción del artista. Y lo hace llevando un paso más atrás esta relación de la concepción anímica a su ejecución final, para aplicarla al menos durable, pero, por lo tanto, más plástico, material de la imaginación, por los diversos contenidos con que la conciencia tiene que trabajar. El artista no podría traer su pensamiento a la vida, sea en piedra o en bronce, en palabra o en imagen, si en su alma no hubiera alcanzado ya la potencialidad de esa vida como un trabajo de la imaginación constructiva a partir del material sensible de las ideas.

Apenas necesita ser dicho que el paralelismo psicofísico es un principio cuya aplicación se extiende sólo a los procesos anímicos elementales, junto a los cuales marchan paralelos determinados procesos de movimiento, y no a los productos más complejos de nuestra vida anímica, ni al material sensible con el que se habían formado y estructurado en la conciencia, así como tampoco a las facultades intelectuales generales, que son el presupuesto necesario de aquellos productos. La frenología, como ustedes saben, localizó en sectores específicos del cerebro a la memoria, la imaginación, el entendimiento, e incluso a facultades estrechamente definidas tales como la memoria para cosas o palabras, la sensación de color, el amor por los niños, y cosas así. Dio por supuesto que los procesos físicos en esos sectores -y dejó su carácter fisiológico completamente indeterminado- corren paralelos a estas capacidades y actividades anímicas complejas. Éstas son las ideas del materialismo en sus formas más vulgares, y vuelve completamente imposible cualquier conocimiento psicológico de nuestra vida anímica.

La absurdidad de las hipótesis frenológicas no ha disminuido significativamente en su forma más moderna. Comenzando por los hechos de la localización cerebral, supone que cada idea simple es depositada en alguna célula particular del sistema nervioso; de modo que la excitación de esta célula es sincrónica con la aparición de su idea particular. Sólo podemos explicar semejantes nociones suponiendo que cuando los observadores, que habían absorbido las falsas doctrinas de la antigua frenología, entraron en contacto con los modernos descubrimientos de la histología y la anatomía exacta del cerebro, se creyeron obligados a trasladar las funciones frenológicas desde el lóbulo y la circunvolución a la célula más elemental. Para esto, era necesario librarse de la memoria, la imaginación, la aptitud lingüística, etc., y dotar a las unidades morfológicas de las diferentes ideas con las que están constituidas las facultades anímicas complejas. Ahora bien, hemos visto cuan complicados son, en general, aquellos procesos anímicos qué terminan en la formación de una idea, cuántas sensaciones provenientes de los más diversos sectores de los sentidos pueden estar involucradas en ellos. Es inconcebible suponer que los elementos estructurales del cerebro puedan estar ligados, en cualquier aspecto, a los procesos anímicos de un modo distinto a la forma en que lo están los elementos estructurales de los órganos del sentido externo. Cada uno de estos elementos sólo es adecuado a una función muy simple; pero puede representar un papel en las más diversas y complicadas funciones. Una célula individual del área visual de la corteza cerebral no puede ser el asiento de una idea definida -digamos, de una casa o de la cara de un amigo- más de lo que puede serlo una simple vara de la retina o una fibrilla del nervio óptico. La imposibilidad del enfoque frenológico se vuelve evidente tan solo cuando es llevado hasta su extremo lógico. Imaginemos que estamos en comunicación diaria con un amigo, al que hemos visto en innumerables situaciones. Debemos presumir que él no ocupa, en nuestro cerebro, una célula sino un número entero de ellas. Si nuestro próximo encuentro con él tiene lugar en circunstancias ordinarias podremos acudir a nuestra reserva de ideas, si no -si lleva puesto, quizás, un nuevo sombrero- esta nueva idea tendrá que ser almacenada en alguna célula que, por casualidad, se encuentre vacía en ese momento. O supongamos que hemos aprendido una palabra de un idioma extranjero. Ésta es alojada en alguna célula en el órgano central del lenguaje. Si oímos la misma palabra con algún ligero cambio de pronunciación, ésta forma modificada debe ser guardada en una segunda célula, y así ad infinitum. Es evidente a primera vista que la hipótesis de la idea-célula no explica las diversas formas de conexión ideacional y sensitiva. Caería en pedazos al primer intento, por la imposibilidad intrínseca de su esfuerzo. Dado que, en efecto, lo que se combinan no son nunca ideas aisladas o listas para usar, sino elementos ideacionales o, mejor, procesos ideacionales elementales, como vimos al analizar los procesos asociativos simples que están en la base del conocimiento y reconocimiento de un objeto. El error radical de la hipótesis frenológica es, que sustituye un paralelismo anatómico por uno fisiológico. En esto, así como también en sus nociones extremadamente ingenuas sobre la psicología en general, es un autentico retoño de las doctrinas frenológicas de antaño.(1)

 

 

IV. El significado Empírico del Principio del Paralelismo

El principio del paralelismo psicofísico, entonces, siempre se refiere a un paralelismo de procesos físicos y psíquicos elementales, y no a un paralelismo entre función anímica y estructura corporal o entre actividades complejas en cualquiera de los dos lados. Pero esto plantea un nuevo interrogante -si un principio, que después de todo incluye dos principios absolutamente dispares, y, sin embargo, mutuamente relacionados, puede ser considerado en realidad como un postulado psicológico fundamental. ¿No es, así, un principio dualista opuesto a nuestro justificable esfuerzo en pos de una teoría monista del mundo? ¿Y si no podemos dudar de su validez, ya que los hechos psicológicos y fisiológicos lo atestiguan, aun así no deberíamos considerarlo, acaso, solamente como provisional?.

Ciertamente hemos llegado al punto donde la ayuda psicológica ya no puede sernos útil, y debemos apelar a la metafísica para obtener una respuesta. El objetivo de la metafísica es, o debería ser, satisfacer este anhelo de la razón por alcanzar la unificación final. Los resultados obtenidos en las distintas esferas de la investigación científica son incapaces de realizar esto. Si hay algo, entonces, que en cierto modo debe hacer la metafísica, es proporcionar la explicación final de este paralelismo que la fisiología y la psicología aceptan como un hecho básico. La fisiología no puede ser requerida para esta explicación. Ella se limita a la explicación de las manifestaciones físicas de la vida, y aunque a menudo descubre los signos de las funciones anímicas, esta obligada a considerarlos como un área del conocimiento que no le incumbe. El problema de la psicología es, nuevamente, la explicación de la conexión de las manifestaciones psíquicas de la vida, las que integran una serie causal distinta y separada. Pero ambas ciencias se suplementan mutuamente; cuando ciertos eslabones están ausentes en el nexo causal de uno de los lados, pueden ser substituidos, por tanto, en el otro. En estos casos, por supuesto, la fisiología tiene que recurrir a los términos psicológicos vinculantes, y la psicología a los términos fisiológicos vinculantes. Pero siempre se da por supuesto que la interpolación no implica ninguna consumación autentica de la cadena rota de procesos conectados; simplemente es la substitución de un término de una serie, por el término paralelo de la otra. En tales casos podemos hablar, quizás, de la influencia del alma sobre el cuerpo, o viceversa. Pero siempre queremos decir, a pesar de que no lo digamos, que la palabra 'influencia' no deberá ser tomado sensu stricto: Que, por ejemplo, una influencia causal directa no puede ser ejercida por un término psíquico sobre uno físico, sino sólo sobre los procesos psíquicos que este termino físico representa por paralelismo. Así un movimiento voluntario externo no es producido por un acto interior de la voluntad, sino por los procesos cerebrales puestos en correlación con él; una idea no obedece a las excitaciones fisiológicas del centro sensorial, sino a los procesos sensitivos y asociativos que corren paralelos a ellas. Incluso debemos suponer, siguiendo este tren de razonamiento, que no es el estímulo físico el que ocasiona la sensación; sino que esta última se origina en algunos procesos psíquicos elementales situados por debajo del umbral de conciencia, vinculando nuestra vida anímica con un complejo, algo mas general, de procesos psíquicos elementales, situado en el mundo exterior. Pero dado que somos absolutamente ignorantes de todo lo que corresponde a éstos procesos, no tenemos otra alternativa: al comienzo del desarrollo de la vida anímica empírica, debemos sustituir el término fisiológico inicial por el psicológico. ¿Pero, en este punto, la psicología está en peor situación que la fisiología? ¿Será alguna vez capaz de revelar los procesos fisiológicos que corresponden a los productos mas elevados de la vida psíquica?

Por tanto, en todas sus investigaciones empíricas, la psicología está compelida a adoptar, con respecto a los eslabones de la cadena de la causalidad fisiológica, la misma postura que la fisiología debe asumir en lo tocante a los fenómenos psicológicos. La separación de las esferas de las dos ciencias debe, para ser fructífera, ir acompañada con el reconocimiento mutuo de estas esferas. Por consiguiente, las únicas consideraciones acerca de la naturaleza de los procesos corporales admisibles para la psicología, son aquellas aceptadas por la fisiología y las otras ciencias naturales: debe suponer un substrato material, realmente existente, absolutamente constante, e inalterable excepto en lo tocante a los movimientos de sus partes. Contra este se sitúa el círculo de los fenómenos de la vida psíquica, una esfera igualmente independiente de investigación, que no admite una explicación causal en términos de una conexión de los movimientos de la materia. De esta manera, tanto para la psicología, como para la fisiología, el principio del paralelismo psicofísico resulta ser el último postulado, más allá del cual no pueden ir.

La actitud de la metafísica en este tema es, desde ya, completamente diferente. La naturaleza misma de los objetos con los que la psicología y, de igual modo, la ciencia natural comienzan sus análisis, le proporciona una razón suficiente para la posterior investigación de una unidad superior en la que el dualismo del principio del paralelismo pueda resolverse. Todo lo que conocemos de los fenómenos de la naturaleza nos llega en forma de ideas. La distinción entre idea y objeto, de la que depende la división de las ciencias experimentales en ciencias de la naturaleza y ciencias del alma, es meramente un resultado de la actividad analítica del pensamiento. En si misma la idea es, al mismo tiempo, objeto; y no hay objetos que no sean también ideas, o qué no deban pensarse de acuerdo con las leyes que gobiernan la formación de ideas. Pero si se piensa qué, por medio de la abstracción y la distinción, se ha fracturado la unidad original de los mundos interno y externo, se puede comprender fácilmente el impulso persistente del alma para restablecer esa unidad como el acto final de su propio desarrollo. Más aun, se debe reconocer el intento como justificado, y su realización como una tarea para la ciencia. Sin embargo, señalar los medios para este fin no es la actividad de la psicología, sino de la filosofía. La psicología sólo puede indicar el camino que conduce a territorios, más allá de los propios, gobernados por otras leyes que aquéllas a las cuales está sujeto su dominio.

V. La Naturaleza del Alma [mind]

Estas consideraciones nos han llevado a la última tarea que queda por realizar. Hemos aprendido todo lo que pudimos de la conexión de los fenómenos anímicos. Ahora ¿cual es la naturaleza del alma?. La verdadera respuesta a esta pregunta esta contenida en todo lo que fue dicho anteriormente. Nuestra alma no es otra cosa mas que el conjunto de nuestras vivencias interiores, nuestras representaciones, sentimientos, y voliciones, que en la conciencia se reunen en una unidad, y se elevan, en una serie gradual de desarrollos, hasta culminar en el pensamiento autoconsciente y el libre querer moral. En ninguna parte, de nuestra explicación de la conexión de estas vivencias interiores, encontramos ocasión de referir esta cualidad de lo anímico a algo distinto que el particular complejo de idea, sentimiento, y voluntad. La ficción de una substancia transcendental, de la que el contenido anímico mismo es sólo la manifestación exterior, una sombra fugaz proyectada por la aun desconocida realidad del alma -semejante teoría no comprende la diferencia esencial entre la experiencia interior y la experiencia exterior, y amenaza con convertir en una evidencia hueca a todo lo que confiere a nuestra vida anímica un valor sólido y una auténtica significación. La experiencia consciente es experiencia inmediata. Al ser inmediata, no puede requerir nunca esa distinción de un substrato, existente independientemente de nuestra apreciación subjetiva, que se ha vuelto indispensable en la ciencia natural por su particular concepción de la naturaleza como la totalidad de las cosas reales que se nos presentan y persisten independientemente de nosotros. Nuestras experiencias anímicas son tal como se nos presentan. La distinción entre apariencia y realidad, necesaria para la aprehensión del mundo exterior, que termina en el concepto de una substancia material, como una hipótesis conceptual secundaria que hasta ahora parece hacer justicia a los hechos de la experiencia, deja de tener cualquier significado en el momento en que es empleada para la aprehensión del sujeto pensante por sí mismo. Por consiguiente, pueden colegir que, cuando analizamos nuestras experiencias interiores, nunca nos enfrentamos a las contradicciones entre fenómenos particulares que en ciencia natural proporcionan tanto el estímulo como los medios para el gradual desarrollo y perfeccionamiento del concepto de materia, un concepto que, destinado como está a seguir siendo siempre una hipótesis, puede, de todos modos, esperar acercarse a la verdad por un número infinito de esfuerzos hacia élla.

Hay sólo un grupo singular de hechos empíricos que, con algún fundamento, han sido presentados para probar la necesidad de suponer un substrato anímico comparable a la substancia material -los hechos de la revivencia de experiencias anteriores. Si podemos evocar alguna idea pasada, se desprende, por fuerza, que alguna huella de esa idea ha permanecido, seguramente, en el alma durante el intervalo, de otra manera su reproducción no sería posible. Ahora bien, hemos visto, por cierto, que ninguna idea, ningún proceso anímico en absoluto, puede ser evocado nuevamente sin alteraciones. Toda idea recordada es, en realidad, una nueva formación, compuesta de numerosos elementos de diversas ideas pasadas. No obstante, podría suponerse que estos mismos elementos fueron las huellas ideacionales dejadas atrás en el alma. Pero es evidente que, incluso en esta forma, la teoría mantiene ciertos presupuestos debidos a una transferencia de los efectos permanentes observados en el caso de los procesos físicos a un hipotético substrato anímico, en otras palabras a una mezcla inconsciente de puntos de vista materialistas. Una influencia física que actúa en un cuerpo produce alteraciones más o menos permanentes en él. Así tenemos todo el derecho a suponer que una excitación nerviosa deja un efecto posterior en los órganos nerviosos, el cual es de importancia para la fisiología de los procesos de práctica y revivencia. Ahora, en la teoría de las ‘huellas’ estas analogías físicas se aplican sin mayores precauciones al alma. La cual es concebida como idéntica al cerebro, o como una substancia localizada en alguna parte del cerebro, asemejándose ésta y otras substancias materiales en cada uno de sus atributos esenciales. Pero el proceso de excitación física puede dejar su efecto posterior solamente en el nervio, porque es un proceso de movimiento en o con un substrato permanente. Y si los procesos anímicos no son fenómenos, sino las experiencias inmediatas actuales, es difícil de entender cómo puedan ser concebidos psicológicamente sus efectos posteriores, excepto en la forma de procesos anímicos presentados directamente. Si intentamos imaginar una idea como persistiendo por debajo del umbral de conciencia, sólo podemos pensar en ella, en realidad, como siendo todavía una idea, es decir, como el mismo proceso que fue mientras éramos conscientes de él, con la única diferencia de que ya no es más consciente. Pero esto implica que la explicación psicológica ha alcanzado aquí un límite similar al que enfrenta en la cuestión referida al origen último de las sensaciones. Este es el límite más allá del cuál sólo una de las dos series causales -la física- puede ser continuada, pero la otra -la psíquica- debe finalizar; y el esfuerzo por empujar más lejos a esta última conduce, inevitablemente, a pensar los términos psíquicos en términos físicos -es decir, materiales.

Entonces, concluimos, la suposición de una substancia anímica diferente de las varias manifestaciones de la vida anímica involucra la transferencia injustificable de un modo de pensamiento, necesario para la investigación de la naturaleza externa, a una esfera en la que es totalmente inaplicable y entraña un tipo de materialismo inconsciente. Las consecuencias de esta transferencia se desprenden directamente de su naturaleza; el verdadero valor de nuestra vida anímica está en peligro, puesto que este valor corresponde, única y exclusivamente, a los procesos reales y concretos en el alma. ¿Qué puede ofrecernos esta ‘substancia’, desprovista de voluntad, de sentimiento, y de pensamiento, y que no desempeña papel alguno en la constitución de nuestra personalidad? Si se responde, como a veces se hace, que son estas mismas operaciones del alma las que van a constituir su naturaleza, y que, por lo tanto el alma no puede pensarse o concebirse sin ellas, ¿por qué, entonces, esta postura es aceptada, que la verdadera naturaleza del alma consiste nada más que en nuestra vida anímica misma? La noción de ‘operación’ tal como fue empleada sólo puede significar, si tiene algún significado admisible, que somos capaces de demostrar de qué manera ciertas manifestaciones anímicas son el resultado, los efectos, del funcionamiento de algunas otras manifestaciones anímicas. La causalidad física y la causalidad psíquica son oposiciones polares: la primera siempre implica el postulado de una substancia material; la segunda nunca va más allá de los límites de lo que es dado inmediatamente en la experiencia anímica. La noción de ‘Substancia’ es un excedente metafísico que no tiene ninguna utilidad para la psicología. Esto concuerda con el carácter fundamental de la vida anímica, el cual me gustaría que tengan siempre presente. No consiste en la conexión de objetos invariables y condiciones diversas: en todas sus fases es un proceso; una existencia activa, y no pasiva; es desarrollo, y no estancamiento. La comprensión de las leyes fundamentales de este desarrollo es el objetivo final de la psicología.

 

Notas

(1) Para otras pruebas del carácter insostenible de las hipótesis neo-frenológica de la localización, extraídas principalmente de los fenómenos de perturbaciones normales y patológicas de la memoria, puedo remitir al lector a mis Essays, pp. 109 ff. (Leipzig, 1885).

* Aproximadamente `nada surge de la nada´ (N.del T.).
 
 

 

Fuente:

Wundt, Wilhelm, Lectures on Human and Animal Psychology (1892), Washington, University Publications of America, 1977 (Wilhelm Wundt, Vorlesungen über die Menschen und Tierseele, Zweite, Verbesserte und Erweiterte Auflage; Translated By J. E. Creighton & E. B. Titchener, 1894).

 

Traducción: Julio Daniel Del Cueto