( Le Monde des Livres, 05.09.02)
Jesuita lúcido y generoso, historiador abierto a todas las transversalidades. Miembro fundador de la Ecole Freudienne, este hombre habitado por una herida secreta fue todo eso y aún más. Autor de la bibliografia, François Dosse, muchas obras ponen a la luz esta figura discreta de la vida intelectual de los años 70.
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Le Marcheur Blessé de François Dosse. La Découverte, 655 p., 39 E.
Michel de Certeau. Les chemins de l'histoire. Ouvrage collectif sous la direction de Christian Delacroix, François Dosse, Patrick Garcia et Michel Trebitsch. Complexe, 240 p., 18,90 E.
"Histoire et Psychanalyse: autour de Michel de Certeau". EspaceTemps, 80-81, septembre 2002, BP 149, 75562 Paris Cedex 12.
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Historiador abierto a todas las transversalidades, jesuita lúcido y generoso, Michel de Certau fue un renovador de las estudios sobre la mística. Pero también fue, por el interés que prestó al necesario relevo del mensaje freudiano, uno de los fundadores, con Jacques Lacan, de la Ecole Freudien de Paris (1964). Por su enseñanza incisiva y su escucha rigurosa de la palabra de otro, dejó una fuerte marca sobre un buen número de jóvenes intelectuales de los años 70’, que le deben parte de su orientación actual y que no dejarán de conmoverse con la lectura de la obra de François Dosse y de los prefacios inéditos de Luce Giard, Jacques Revel y Dominique Julia (1).
A través de múltiples testimonios, Dosse reconstruye el itinerario complejo de este hombre habitado por una herida secreta, que supo transformar su melancolia en un arte angelical de hacer nacer en el otro una ruptura existencial, susceptible de volverlo extranjero a lo que creía ser. Sin compasión ni afectada gentileza, Certau fue un iniciador tanto más fascinante cuanto que supo renunciar a los oropeles de una maestria de mascarada. Desdeñaba los honores, los faustos y las medallas, prefiriendo confrontarse sin cesar, y sobre todos los continentes, a la incandescencia frágil de las rebeliones extremas o cotidianas.
Nacido en Chambery en 1925, Certeau provenía de una familia católica de la pequeña nobleza saboyana marcada por un destino trágico: un suicidio y dos muertes violentas por accidentes en la ruta. Atraido primero por la enseñanza del padre Henri de Lubac, en 1950 entra en la Compañía de Jesus con la firme intención de partir para China. Seis años más tarde, es ordenado sacerdote, luego integra la revisa Christus y cursa el seminario de Jean Orcibal en la sección V de la Ecole Pratique de Hautes Études (EPHE).
LA COMPAÑÍA DE LOS MISTICOS
En 1960 sostiene su tesis de 3er ciclo sobre Jean Favre, un Saboyano como él, y uno de los primeros compañeros de San Ignacio de Loyola, quien, a mediados del siglo XVI, buscó reconciliar la Reforma con el Papado. En la misma perspectiva, prosiguió un trabajo sobre el itinerario de Jean-Joseph Surin, jesuita bordelés del Siglo XVII, que había estado misionando en Loudun en 1634, para exorcizar a las religiosas del Convento de las Ursulinas, poseidas por el diablo, a pesar del envio a la hoguera de Urbain Grandier, su superior. Surin las libera, pero no sin haber sido él mismo afectado de mutismo durante veinte años y convencido de su propia condenación.
En 1970, en La Posesión de Loudun, que se volverá un clásico, de Certeau muestra que, en este asunto, los médicos heredan un poder de curación hasta entonces reservado a los teólogos. Comparando a Surin con un "D’artagnan de la mística", señala que ocupa, en el centro de este dispositivo, el lugar de una suerte de extranjero radical, cuyo poder escapa a la empresa de los tres órdenes instituidos (el Derecho, la Teologia, la Monarquia). Surin invierte, en efecto, según de Certeau, la relación tradicional entre exorcista y poseído, para despojarse de su saber y de su razón en beneficio de Jeanne des Anges, la superiora del convento, a la cual le señala que los desórdenes atribuidos al diablo no pasan sin complicidad de su parte.
Por su frecuentación de los grandes místicos, de Certeau efectúa un triple gesto iconoclasta. Primero, reprocha a la Iglesia del siglo XX por haber abandonado el "basamento ontológico" del cristianismo. Luego, reintegra en los estudios históricos, de obediencia laica, algo reprimido, de lo cual, sólo la teología se había preocupado. Finalmente obliga a los historiadores a tomar en cuenta al psicoanálisis, disciplina violentamente rechazada por la escuela de los Annales y sus herederos. Contemplando la mística como una ciencia experimental susceptible de reinstaurar una comunión espiritual, abolida en el pasaje de la Edad Media a la época moderna, de Certeau compara su destino al del psicoanálisis. Los dos, dirá en La Fable mystique (Gallimard, 1982 . [La fábula mística, México, Univ. Iberoamericana, 1993]) han discutido el principio de la unidad individual, el privilegio de la consciencia y el mito del progreso. En fin, los dos, han tomado apoyo sobre las resistencias encontradas.
Al abrir así un vasto debate sobre las relaciones entre dos disciplinas que se desconocen mutuamente y al retornar, a través de un trabajo histórico, a los orígenes de una institución de la cual ha devenido el misionero, de Certeau se ubica al margen de las comunidades a las que pertenece. Las critica desde el interior sin jamás pretenderse ni infiel ni herético. Y por eso mismo, los historiadores le reprochan ser demasiado freudiano, los comentadores de textos religiosos estar demasiado comprometido con la sociedad contemporánea, los psicoanalistas de no ser más que un historiador, los marxistas de ser demasiado místico, y la jerarquia católica de preferir Marx al papado. El sostén que Certeau aportará luego a la ‘toma de palabra’ estudiantil del 68’ y a los movimientos contestatarios latinoamericanos que se pronuncian por una ‘teologia de la liberación’ no hará más que avivar la polémica contra su persona y su trabajo.
Es por lo que, cuando se presenta a la sección V de la EPHE para crear una cátedra de historia de la mística, es acusado de estar más atraído por las columnas del Nouvel Observateur que por la erudición clásica. Es calumniado igualmente en 1977, cuando intenta obtener un lugar en el CNRS. Dosse resume los interrogantes injuriosos: "...si es verdaderamente un cura, si colgó los hábitos, si le gustan los niños, si prefiere a las mujeres, etc" (p. 385). En fin, cuando quiere entrar en la Ecole des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), choca con el desprecio de los notables y conservadores: "Esos curas que han colgado los hábitos nos molestan", o incluso "En Francia hay lugar para un Foucault, no para dos" (p. 386). Gracias al sostén constante de su amigo Jacques Revel, terminará por integrar los rangos de la EHESS, justo antes de su muerte, sobrevenida en enero de 1986. Pero entretanto, es en la costa californiana, y en prestigiosas universidades norteamericanas, donde es acogido con fervor, donde puede consagrarse a nuevos estudios sobre la pluralidad de las culturas, sin desertar sin embargo de los múltiples lugares de investigaciones que continua abriendo en Francia, a través de revistas, seminarios o grupos de estudio.
Sin duda habrá sido necesario que de Certeau atraviese en su vida esta experiencia de humiliación y exaltación –que por otra parte no es ajena a la famosa dialéctica mística de la deploración y el éxtasis que él ha descripto tan bien– para que su obra, brillante y original encuentre finalmente su lugar en la Francia intelectual de este comienzo de siglo.
Notas:
(1) Tres títulos de Michel de Certeau
han sido reeditados en "Folio Histoire" (Gallimard) : L'Ecriture de l'histoire
(n° 115); Histoire et psychanalyse entre science et fiction, nueva edición
precedida de "Un chemin non tracé" de Luce Giard (n° 116), y Une politique
de la langue, avec Dominique Julia et Jacques Revel, que incluyen un postfacio
inédito (n° 117).
[Traducciones castellanas: La escritura de la historia; Historia y
psicoanálisis, México, Univ. Iberoamericana]
Traducción: Adrián Ortiz