“El cuerpo de la mujer cristianizada”
Repercusiones en la Edad Media[1]
Daniela Alonso
Introducción
1. Un acercamiento a la mujer de la Edad Media
2. Significaciones sobre el cuerpo femenino: La mujer entre la alabanza y la misoginia; cuerpo de Eva, Magdalena y la Virgen María
3. La mujer es al hombre lo que el cuerpo es al espíritu. Conceptualizaciones sobre los distintos valores del cuerpo
4. Comentarios finales
“La belleza del cuerpo solo reside en la piel. En efecto, si los hombres vieran lo que hay debajo de la piel la visión de las mujeres les daría nauseas”.
Odon de Cluny
El cuerpo femenino ha sido objeto de interés desde los orígenes de la sociedad: el hombre siempre se ha preguntado por le esencia de la mujer, los teólogos y clérigos han formulado numerosos interrogantes y respuestas frente a lo femenino que se les imponía como lo desconocido.
Se puede afirmar que el cuerpo en la Edad Media es un cuerpo incomprendido, un cuerpo que incita al pecado del hombre y que por esta misma razón es pecaminoso en sí mismo, es un cuerpo que es necesario vigilar, castigar y sacrificar debido a su intrínseca lujuria: por estos atributos negativos, se lo consideró en la Baja Edad Media como la mismísima puerta del diablo, el acceso directo a éste.
Sin embargo puedo afirmar, a partir de los autores trabajados, que es un cuerpo ambiguo porque en la misma época histórica en la que estoy situando mi análisis, es un cuerpo glorificado y alabado, encarnándose dichas propiedades en la figura de María como madre de Jesús a partir de su devoción por la humanidad y su virginidad. La mujer está siempre entre ser santa o hereje, mediando entre los hombres y Dios o el diablo. En este punto va a ser de gran importancia hacer también un recorrido por la figura de Magdalena y la importancia que la práctica de la confesión y el perdón adquirieron en la misma.
A partir de estas breves puntualizaciones me propongo indagar en el presente trabajo dos cuestiones:
Por lo tanto, el trabajo que realizaré esta situado en la Edad Media y los influjos de la cristianización sobre el cuerpo femenino.
Para dar cuenta de ello, creo fundamental partir de las conceptualizaciones de Claudia Opitz sobre la “Vida cotidiana de la mujeres en la Baja Edad Media” ya que proporcionará un acercamiento al rol de la mujer en esa época y permitirá, a su vez, situarlo en relación a la práctica del Poder.
Los aportes de Caroline Walter Bynum seguirán en línea con la primera autora pero pondrán mayor énfasis en la relación íntima entre Cristo y la mujer.
Todo esto servirá como marco contextual para el desarrollo propiamente dicho sobre el cuerpo femenino y sus representaciones que oscilan entre el cuerpo de Eva, Magdalena y María, que dotan a la mujer de aquellos atributos ambiguos que pretendo dilucidar. El texto de Jacques Dalarun será considerado como fuente primaria y los dos restantes como secundaria.
Un acercamiento a la mujer de la Edad Media
Como lo he explicitado en la introducción, el cuerpo siempre ha sido objeto de análisis e interés. Pero es menester contextualizar los desarrollos sobre el mismo ya que lo que entendemos hoy día por cuerpo (como cuerpo sexuado y libidinal) difiere en gran medida del cuerpo de la Edad Media como cuerpo ambiguo y problemático desde el mito bíblico: cuerpo satánico - cuerpo santificado.
Partiré de la afirmación de que las connotaciones y significaciones del cuerpo son paralelas de la época histórica y de la vida cotidiana de la que la mujer es parte.
Siguiendo a Opitz, es conocido el hecho de que la sociedad medieval era particularmente masculina, en el sentido de que el hombre era considerado superior a la débil mujer que estaba bajo su poderío y de la que no se sabía nada sobre sus deseos ni anhelos. Su rol le era adjudicado y recién en el siglo XII se empiezan a producir transformaciones que llevan a una relativa independencia, como el acceso al mercado laboral. Sin embargo, la mujer siguió sometida al poderío del hombre, amo y señor de su cuerpo.
Esta hegemonía masculina se ve reflejada en el matrimonio y la familia como lugar principal para las mujeres. El matrimonio era caracterizado por la iglesia cristiana como una unión indisoluble, de por vida basada supuestamente sobre el común acuerdo y consenso entre los conyugues. Remarco “supuestamente” porque la autora señala que eran los padres quienes elegían a los pretendientes de sus hijas como una forma de mantener o adquirir nuevos bienes, a pesar de la doctrina proclamada por la iglesia. La unión religiosa se llevaba a cabo por la voluntad de los padres y aquellas que no estuvieran avaladas por éstos eran consideradas nulas. En este punto se ve el papel central que ocupa la familia como núcleo de decisiones que oprimen a la mujer y la impulsan a contraer matrimonio siendo muy pequeña y domando su cuerpo para que aprenda a serle leal a su futuro marido, siendo presa de sus caprichos: “La opresión especifica de la mujer por medio de la concertación del matrimonio reside (…) en la reducción de su existencia al lado de un hombre para atender a sus intereses y necesidades, en el control de la sexualidad y del cuerpo femenino y en la deformación psíquica de la esposa, a la que considera una extraña”[2].
No obstante, muchas mujeres pensaban en el casamiento como una ventaja ya que veían al esposo como un protector frente al desamparo al que la sociedad las empujaba y la excesiva pobreza. Otras, se refugiaban en las paredes del convento y aceptaban el voto de castidad como un camino posible para escapar del matrimonio.
Retomando el cuerpo femenino, el esposo no solo podía hacer uso de su violencia si lo creía conveniente sino repudiarla por mala conducta o por ser estéril, ya que el rol principal de la mujer era darle muchos hijos entendidos como futuros herederos de los bienes y del nombre de la familia. Si la mujer tenía relaciones extramatrimoniales era fuertemente penada hasta con la muerte pero si la falta provenía del marido, según el derecho del señorío, éstos quedaban totalmente exentos y libres de todo cargo.
Hasta aquí mostré el sometimiento del que la mujer, su cuerpo mas precisamente, era presa en el ámbito matrimonial y familiar. Una mujer que no tenía control sobre su propio cuerpo.
La maternidad era otro factor importante en la Edad Media, tener muchos hijos, educarlos, alimentarlos y vigilarlos eran tareas primordiales. Es interesante la cita de Tomas Aquino sobre el papel de la mujer en la concepción: “El hombre no puede prescindir de su capacidad reproductiva en la producción de descendientes (…) fue necesario crear a la hembra como compañera del hombre; pero como compañera en la única tarea de la procreación (…) ya que solo la necesita para ayudarle en la procreación”[3]. En este caso vemos un cuerpo alienado y obligado a la fertilidad y maternidad.
Otro campo que menciona Opitz es la importancia que adquirió el trabajo femenino en el siglo XII. La pareja empezó a funcionar como una sociedad laboral en la que cada uno de sus miembros desempeñaba una función y trajo como consecuencia que, si la mujer podía aportar más a la economía de la casa realizando trabajos textiles o preparando alimentos, el cuidado de sus hijos quedaba (en las familias de clase madia-alta) a cargo de otra persona. No obstante, la ley consideraba que aunque la mujer supiera el oficio no estaba de ningún modo capacitada a ejercer una actividad artesanal, ya que era propia del hombre. De esta forma se reprimió el trabajo femenino y se produjo una redomesticación de su trabajo: nuevo dominio sobre el cuerpo de la mujer medieval.
Lo que es de mayor interés en el texto de esta autora es el apartado sobre la mujer soltera porque se relaciona íntimamente con la confesión: aquellas mujeres que habían pecado, por ejemplo las protitutas, tenían la posibilidad de reparar sus vidas, acudiendo a la Casa de las Almas. Esta era similar a un convento donde las pecadoras arrepentidas hacían penitencia y eran liberadas en la medida en lograsen limpiar su cuerpo y alma. Les garantizaba la manutención de una vida digna. Ésto se relacionará en el siguiente apartado bajo la figura de Magdalena.
Como dije anteriormente, en el siglo XII hubo transformaciones pero no todas positivas: se empezaron a producir inquietudes religiosas que llevaron a muchas personas a buscar respuestas por fuera de la iglesia y que fueron por eso consideradas como herejes. Es el lugar de las místicas que pedían una renovación religiosa del cristianismo y que fueron cruelmente reprimidas. Uno se preguntaría ¿por qué represión?, el hecho es que la mujer no tenía voz en esta sociedad. El acceso a la teología les estaba vedado y pelegrinar por las calles replanteándose cuestiones sobre el cristianismo era un pecado gravísimo. Se llego a pensar que eran inspiradas por el diablo, otro motivo para su represión.
Este punto es trabajado por Jacques Dalarun cuando hace también mención a las transformaciones del mismo siglo desde un enfoque puramente religioso. Dice que las mismas mujeres intentaron tomar voz expresando sus inquietudes y deseos en cuanto a la religión y, tomando a Tomas Aquino, expresa que las mujeres multiplicaron sus denuncias sobre la represión que recaía en ellas. Son “tiempos nuevos” como lo expresa porque se sienten más fuertes para hablar en público y expresar sus disconformidades sobre el Dogma establecido mientras que solo les era permitido hablar en privado. Así es como se genera una vigilancia exhaustiva sobre la mujer, lo que más adelante desembocará en la caza tan conocida de brujas.
Significaciones sobre el cuerpo femenino: La mujer entre la alabanza y la misoginia; cuerpo de Eva, Magdalena y la Virgen María.
Hasta aquí mostré las características propias de las mujeres en la Edad Media y cómo su cuerpo estaba sometido a una sociedad hegemónicamente masculina.
Tal como mencioné en la introducción, el desarrollo previo sirvió como un marco para contextualizar de qué estamos hablando cuando hablamos del cuerpo femenino en la Edad Media y los influjos del cristianismo aparejados.
Resta aún presentar lo central del trabajo: el cuerpo de Eva, Magdalena y María para dar cuenta de la condensación en el cuerpo femenino de aspectos denigrantes y glorificantes y resolver así la cuestión, junto con los datos aportados por Opitz y los posteriores proporcionados por Walker Bynum, de por qué la mujer y no el hombre como objeto de estas propiedades.
La confesión, el pecado, la salvación y la vigilancia orientarán nuestro recorrido.
Jacques Dalarun, al igual que Opiz, parte de la hipótesis de que en la sociedad medieval los hombres detentaban el Poder y que los clérigos y monjes a partir de los textos sagrados le adjudican un lugar a la mujer. El rasgo que prevalece en esta sociedad es la misoginia pero no de manera totalitaria, en palabras del autor: “(…) los propios clérigos, han llevado a la mujer al pináculo y al mismo tiempo la han cargado con el anatema (…)[4]”. Esto quiere decir que la mujer esta atravesada por una contradicción que le es adjudicada desde la sociedad porque se la idolatra llevándola a lo alto del templo y simultáneamente se la condena.
Así el autor parte de un análisis de Eva que es considerada como una primera figura, un modelo que reúne todas las características negativas de las mujeres: la tentación, la seducción, la deserción, la lujuria, el pecado, es la enemiga y por todo esto es considerada la puerta que conduce al diablo. Todas las mujeres tendrían algo de Eva.
En Eva ya se ve la primacía del hombre por sobre la mujer de la que hablábamos al comienzo ya que ella es creada de una costilla del hombre. Por el pecado al que incitó al hombre, todas deberían cargar con un castigo el cual se realizaría mediante la maldición de parir los hijos con dolor (y con muerte ya que era un índice altísimo de mortalidad), sufrir la menstruación y estar bajo la potestad de un marido severo que tendría que corregirlas domando su cuerpo.
Se decía que la mujer era una cosa frágil y que solo era constante en el crimen: era así la primera enemiga del hombre de la que era imperioso defenderse ya que ésta había nacido para engañar y seducir al hombre con su maldad intrínseca.
La misoginia es un rasgo sobresaliente de la tradición cristiana que asociaba a la mujer con la carne y al hombre con el espíritu.
El mal se identificaba con la carne, con la relación sexual que tuvo su origen con Eva, por eso mismo muchos clérigos ya ni hablaban de Eva sino que sustituían su nombre por “La Innombrable”. Hecho importante: para evitar que las mujeres se desesperen por lograr algo de felicidad (imposible en verdad porque son la causa misma de todos los males por tener vivo en sus espíritus a Eva) fue necesario que a la pecadora se le oponga una santa, la Virgen María.
Pasamos así al siguiente modelo del cuerpo femenino. En este caso no se asocia con el pecado ni con un cuerpo denigrado y repudiado representado en la figura de Eva sino, con un cuerpo al que se lo respeta: es el cuerpo glorificado y santificado de María en el que se engendró Cristo. En este sentido hay un giro para la concepción de la mujer y el papel del hombre porque no hubo simiente para la fecundación ya que María era virgen, por eso “bendita entre todas”, simultáneamente virgen y madre. María se presenta como una reparación del pecado original cometido por Eva y es glorificada no solo por haber cargado en su vientre al Salvador sin intermediación de la relación carnal sino por su devoción a la humanidad.
Hasta aquí tenemos dos modelos pero contradictorios: “María hermana, esposa y cierva del Señor, madre de todos los que viven por la gracia, en oposición a Eva, “Madre de todos los que mueren por la naturaleza.”[5]. La figura inicial y negativa de la mujer se compensaba con una imagen positiva.
¿Qué ocurría con aquellas mujeres que ya no eran vírgenes pero querían salvarse y poner fin a sus pecados? Este punto está en continuidad con lo que planteamos en su momento sobre la importancia de la confesión como práctica purificadora del alma y del cuerpo. Así se introduce la tercer y última figura: Magdalena, que pasa de ser una mujer de mala fama y pecadora a convertirse en una Santa. El desprecio y rechazo en la Edad Media hacia la mujer se compensa con esta prostituta que elige un camino de purificación a partir de la penitencia.
La posibilidad de salvación de las mujeres casadas, viudas, prostitutas, en fin, de todas aquellas que ya no conservaban el precioso tesoro de virginidad, podían hacerlo mediante la redención ya que la virginidad no podía restituirse motivo por el cual el único camino era la penitencia y el arrepentimiento de los pecadores. La iglesia señalaba que por el hecho se ser mujeres las mismas debían arrepentirse dos veces, la primera por haber pecado y la segunda por ser haber nacido mujeres.
Magdalena está inscripta entre las pecadoras arrepentidas que simboliza de esta manera mucho para las mujeres, ya que ven en ella una ocasión posible para quedar liberadas de sus males. En Magdalena se puede ver una fusión entre la Santa Virgen María y Eva la Pecadora. Está presentificada como la salvación, que abre las puertas al cielo a todo pecador arrepentido.
De este modo se presenta una aproximación al segundo interrogante planteado en la introducción, a saber: por qué es posible afirmar que el cuerpo femenino representa una condensación de esas dos características.
Se entrevé que había una complejidad en los hombres para representar a la mujer. Las representaciones que se le dan son propias de la mentalidad de esa cultura y son por ende, pensadas sobre la base de los textos sagrados: “Toda la realidad les llega a través de este prisma; o, mas exactamente, están convencidos de que lo que hoy llamamos realidad no es otra cosa que la proyección de una Idea de la mujer, de la que no podría haber mejor revelación que la de las figuras salidas de los textos en los que se aloja Revelación de todas las cosas”[6]. Esto permitirá resolver junto con lo ya abordado la primera inquietud.
La mujer es al hombre lo que el cuerpo es al alma. Conceptualizaciones sobre los distintos valores del cuerpo
Caroline Walter Bynum da a conocer que el cuerpo tenía un gran significado en el cristianismo porque era la forma de acceder a la religión: tanto los hombres como las mujeres manipulaban sus cuerpos con fines religiosos a través de la flagelación como de los trances y los fenómenos que hoy día conocemos como histéricos. Sin embargo, lo carnal y las sensaciones psicosomáticas eran particularmente femeninas. Sus cuerpos eran más propensos a implicarse con milagros como con los estigmas que llevaban a un acercamiento con Dios o, dicho de otra forma, eran más proclives a somatizar las experiencias religiosas. Se creía por ejemplo, que la sangre de cristo se veía reflejada en la sangre propia de las mujeres que estaban en regla.
Así como con Opitz vimos cómo la sociedad le adjudicaba ciertos roles a las mujeres, esta autora remarca lo que la misma sociedad esperaba de ellas, a saber, que se comprometan con el cuidado con los demás, que sean caritativas, ayuden a los enfermos, protejan a los niños. Son cualidades que formaban parte de las místicas del siglo XII y si leemos entre líneas están presentes en la Virgen María y Magdalena. Con esto quiero remarcar qué es lo que se esperaba de una mujer y dilucidar por qué María y Magdalena fueron tan importantes y respetadas.
En relación al contexto cultural-social, tanto los teólogos como los científicos asociaban a la mujer con la carne, con el cuerpo, la lujuria y la irracionalidad y al hombre con el alma, la razón e inteligencia. De este modo Eva representaba el cuerpo y el deseo y Adán el espíritu e intelecto. Sin embargo, es preciso remarcar que no solo el cuerpo significaba pecado porque muchas veces se trató al cuerpo de cristo como un cuerpo de mujer por sus funciones de protector, salvador y sus capacidades de procreación como por su sangre derramada; son todas cuestiones dan cuenta de la tendencia de las mujeres a imitar a Cristo por medio de flagelos o estigmas. Aquí vemos nuevamente la ambivalencia sobre la representación de la mujer de la que estuvimos hablando a lo largo del trabajo. Pero por otro lado, los hombres no estaban conformes tomando a la mujer como modelo para representar a Cristo, justamente porque Cristo era superior y no podía ser representado por un sexo débil. La pregunta es, ¿por qué tantas contradicciones, por qué la continua problemática entre lo masculino y lo femenino?
Si dirigimos nuestro interés hacia el cuerpo físico, es importante ver cómo se reencuentra en este nuevo plano la supremacía de lo masculino sobre la mujer. Me refiero a las consideraciones que toma la autora de Laqueur y su teoría del sexo único. Los teólogos como los médicos no diferían en considerar que había un solo sexo, es decir el masculino: el cuerpo femenino era idéntico a éste pero metido hacia adentro, dicho de otro modo, las mujeres tenían los mismos genitales pero en el interior del cuerpo y no en el exterior como los hombres. Ser mujeres era provocado por la falta de calor vital que llevaba a la perfección masculina y por esta falta los órganos estaban hacia adentro. Según esta concepción la vagina era un pene interior, el útero era el escroto, los labios se concebían como el prepucio y los ovarios como los testículos, por todo esto se pensaba que la mujer era un hombre en el fondo. No había nombre propio para los órganos femeninos hasta que a finales del siglo XVIII y principios del XIX empieza a modificarse la representación del cuerpo al poner los médicos énfasis en los elementos microscópicos que lo constituían, siendo la biología el sustento epistemológico.
Con esto pretendo poner fin a mi desarrollo demostrando cómo todo lo expuesto esta íntimamente relacionado. Pasamos entonces al cierre final del trabajo.
Comentarios finales
A partir de los recorridos realizados puedo afirmar que las preguntas formuladas en un comienzo, a saber: “¿Por qué en la Edad Media recayeron sobre el cuerpo de la mujer y no sobre el del hombre los atributos de ser una bisagra entre un cuerpo denigrado y un cuerpo santificado?” y el segundo interrogante, “¿Por qué es posible afirmar que el cuerpo femenino representa una condensación de esas dos características?” han encontrado una respuesta.
En cuanto a la primera, como he señalado, lo femenino siempre se ha presentado ante los ojos de los hombres como algo incomprensible por lo que le atribuyeron frente a la falta de una concepción unificada diversas características dotadas de ambigüedad, siempre recurriendo a los textos sagrados como anclaje para la representación de ésta y del mundo en general. Los atributos positivos y negativos de ser un cuerpo pecaminoso y glorificado recayeron sobre el cuerpo de la mujer porque la sociedad de la edad media estaba gobernada por el poderío del hombre de la cual la mujer era un mero eslabón, que no tenía ni voz ni voto para formular juicio alguno sobre ninguno de sus deseos o inquietudes, e incluso era muchas veces ignorada. Estos atributos nos llevan a la segunda cuestión íntimamente relacionada con la primera.
Ya con Dalarun planteé un acercamiento sobre el cuerpo femenino como una amalgama de los aspectos satánicos, pecaminosos y los purificantes del alma. La ambigüedad de la mujer está dada por el hecho de que las connotaciones que recayeron en esta época sobre la mujer y su cuerpo estuvieron desde el comienzo referidas a las tres figuras femeninas propias del cristianismo pero la condensación propiamente dicha de los atributos de Eva y María se hayan reflejados en Magdalena tal como fueron desarrollados.
Considero asimismo que la extraordinaria repercusión de la que fue objeto el particular cuerpo femenino en la Edad Media debe ser considerada en el contexto global de las actitudes que se adoptaron para con la mujer y hacia su cuerpo.
Cabe aún preguntarse cómo repercutieron las características que los hombres les adjudicaron a las mujeres en su psique, si es que simplemente las asimilaron como un “mandato” impuesto que les venía desde el exterior o se apropiaron en parte de éstas a través de los fenómenos conversivos, levitaciones, estigmas y flagelaciones que se autoprovocaban para acercarse más a Dios. Creo que este nuevo interrogante que surgió podría ser objeto de un posterior análisis.
DALARUN, Jacques: “La mujer a ojos de los clérigos”, en Duby, Georges; Perrot, Michelle, Historia de las mujeres, vol. 3: La Edad Media. La mujer en la familia y en la sociedad, Madrid, Taurus, 1992, pp. 28-59.
OPITZ, Claudia: “Vida cotidiana de las mujeres en la Baja Edad Media(1250-1500)”, en Duby, Georges; Perrot, Michelle, Historia de las mujeres, vol.3: La Edad Media. La mujer en la familia y en la sociedad, Madrid, Taurus, 1992, pp. 320-395.
WALKER BYNUM, Caroline: “El cuerpo femenino y la práctica religiosa en la Baja Edad Media”, en Feher, Michel; Naddaff, Ramona; Tazi, Nadia (comp.), Fragmentos para una historia del cuerpo humano, 1º ed., Madrid, Taurus, 1990, pp. 163-225.
[1] Trabajo realizado en el marco del seminario de grado “Historias de la sexualidad: la ´carne´ cristiana, la confesión y el pecado, las poseidas y las histéricas, la sexualidad del niño” dictado por el prof. Hugo Vezzetti con la colaboración de Mauro Vallejo, cátedra I de Historia de la Psicología, Facultad de Psicología, UBA. 1er cuatrimestre de 2009.
[2] Claudia Opitz: “Vida cotidiana de las mujeres en la Baja Edad Media(1250-1500)”, en Duby, Georges; Perrot, Michelle Historia de las mujeres, vol.3: La Edad media. La mujer en la familia y en la sociedad, p.330
[3]Claudia Opitz: “Vida cotidiana de las mujeres en la Baja Edad Media (1250-1500)”, op. cit., p.344-345
[4] Jacques Dalarun: “La mujer a ojos de los clérigos”, en Duby, Georges; Perrot, Michelle, Historia de las mujeres, vol. 3: La Edad Media. La mujer en la familia y en la sociedad, p.30
[5] Jacques Dalarun: “La mujer a ojos de los clérigos”, op. cit., p41.
[6] Jacques Dalarun: “La mujer a ojos de los clérigos”, op. cit., p.51